La
política económica iniciada en abril de 1976 cambió profundamente las
orientaciones con las que se desarrollaban hasta ese momento las actividades industriales.
Basado en una filosofía de total confianza en los mecanismos asignados de
recursos del mercado y en el papel subsidiario del Estado, se estableció un
programa de liberalización de los mercados y posterior apertura externa que
proponía la eliminación del conjunto de regulaciones, subsidios y privilegios.
Se procuraba así modernizar e incrementar la eficiencia de la economía.

En
relación con la política industrial se pueden señalar dos subperíodos. El
primero de ellos se caracteriza por la recuperación de la producción de bienes
de consumo durable y de capital, asociada a la creciente inversión y a la
redistribución regresiva de los ingresos. En ese período económico se comienza
con la reducción de los aranceles de importación. A pesar de su fuerte baja, en
promedio descienden 40 puntos, del 90 al 50%, en estos tres primeros años no
aumentan significativamente las importaciones (Katz, 1989). Este fenómeno tiene
su explicación según lo expresa Gatto (1989) “en los incrementos de
competitividad durante la última década, que determinaron la existencia de una
fuerte redundancia en las tarifas y por otra parte, en el mantenimiento de un
tipo de cambio elevado”. Por otro lado la sanción, en 1977, de la reforma
financiera, libera la tasa de interés y crea un mecanismo totalmente distinto
para la asignación de los créditos.
El
segundo subperíodo se inicia hacia fines de 1978 al instrumentarse la versión
de economía abierta de la escuela monetarista (enfoque monetario del balance de
pagos). La aplicación de esta política tenía como objetivo igualar la tasa
inflacionaria interna con la externa, ajustándose esta última a la tasa de
devaluación del tipo de cambio. Este se determinaba con un cronograma que
fijaba un ritmo de devaluación continuamente decreciente en el tiempo, en un
contexto de creciente apertura de la economía al exterior (tanto en el mercado
de capital como en el de bienes); ello suponía la convergencia de las tasas de
interés y de inflación interna con las correspondientes internacionales.
En
este esquema de política monetaria pasiva se suponía un período de transición
determinado por la distinta velocidad de ajuste en los precios de los
productos, según se comercien o no en el mercado internacional. Una vez que se
lograra la convergencia quedaría establecido un nuevo esquema de precios
relativos de la economía. A su vez, en combinación con la política arancelaria,
la asignación de recursos favorecía el incremento de la productividad global,
desaparecerían los sectores menos eficientes y se desarrollarían las
actividades con ventajas comparativas a escala internacional (Katz, 1989). Sin
embargo, la “convergencia” no se logró. En los bienes transables con el
exterior el ajuste fue lento e imperfecto, en los bienes no transables los
mecanismos previstos no tuvieron los efectos esperados. La evolución de la tasa
de interés interna fue altamente afectada por una sobretasa creciente motivada
por la incertidumbre y los elevados costos de la intermediación financiera. Por
su parte, el tipo de cambio, que estaba prefijado con una previsión
inflacionaria menor a la real, se caracterizaba por una permanente subvaluación
de las divisas. Esta sobre valoración del peso en conjunción con las rebajas
arancelarias afectó fuertemente la balanza comercial y permitió la entrada
masiva de productos importados. A su vez, la entrada de capitales externos sin
restricciones, atento a la apertura financiera externa, en su casi totalidad de
corto plazo y provenientes de un mercado financiero de alta liquidez y elevadas
tasas de interés, compensaba el déficit de la cuenta corriente, con un
incremento significativo del endeudamiento con el exterior. “…Estos movimientos
que afectaban seriamente el balance de pagos preanunciaban una devaluación del
tipo de cambio, en un mercado de capitales de alta liquidez, atento al muy
corto plazo de colocación de los depósitos” (Levy, 1997). En adición, la
política fiscal no fue lo suficientemente prolija y continuaron importantes
transferencias de ingresos de difícil justificación y ausentes de evaluación. A
ello se sumaba un clima de cambio de autoridades políticas y económicas. En
consecuencia las primas de riesgo por la colocación de capitales externos se
elevaron considerablemente, con el consiguiente aumento de las tasas de interés
(Levy, 1997).
En
este contexto el sector industrial sufrió la crisis más profunda de su historia
por la conjunción de varios factores negativos. Entre ellos sobresale la
contracción de los mercados, por los bajos niveles de demanda de productos
industriales locales, tanto interna por competencia de productos importados,
como externa por el fuerte atraso del tipo de cambio. A su vez, las altas tasas
de interés que superaban largamente toda posibilidad productiva y su constante
crecimiento llevaron a las empresas a niveles de endeudamiento que en muchos
casos solían superar el valor de sus activos. Los fuertes cambios de precios
relativos de la época, que favorecían a las actividades de servicios y de
producción de bienes no transables con el exterior, motivó el pago de fuertes
tasas de interés reales a los sectores industriales de bienes transables que
sufrieron profundos atrasos relativos de sus precios. (Katz, 1989)

La Argentina de los
años ‘80 presentaba un modelo que podría ser denominado, de los tres
capitalismos, el capitalismo de Estado, el capitalismo subsidiado y el
capitalismo de riesgo. (Kosacoff, 1992)
El
capitalismo de Estado estaba conformado por las viejas empresas públicas,
constituidas a partir de los años treinta y, especialmente, en la segunda mitad
de la década del ‘40 y que a fines de los años ‘80 se encontraban en situación
agónica, de agotamiento institucional y tecnológico, y habían sido capturadas
por distintos grupos según el caso, ya sea o bien las propias burocracias
internas gerenciales, o los sindicatos respectivos o los proveedores y usuarios
privilegiados.
El
denominado capitalismo subsidiado dependiente de mecanismos tales como
subsidios de tipo financiero o de desgravaciones impositivas estaban ligados al
anterior, ya sea como proveedores principales o como usuario privilegiado pero
en todos los casos independizado del riesgo empresarial y protegido por el
propio Estado contra la competencia extranjera. Asimismo importantes sectores
industriales eran subsidiados dado que acumulaban ganancias amparados en
fuertes reservas de mercado creadas por altas barreras arancelarias, las cuales
marginaban a la Argentina
del comercio internacional. En estos tiempos la Argentina había sido
prácticamente borrada de la escena internacional, por su incapacidad para
competir en el mercado mundial. (Alburquerque, 1997)
Por
último, el capitalismo de riesgo se caracterizaba por estar vinculado al sector
agropecuario (castigado por las retenciones a las exportaciones), a las PyMEs y
a una amplia economía informal, carente de acceso a aquellos mecanismos de
distribución de rentas a través del Estado. Esta desprotección impulsó a estos
sectores carentes hacia la economía negra, para evadir el pago de impuestos y
cargas sociales. Esta inestabilidad económica impactaba destruyendo el mercado
de capitales, bajo estas condiciones, no puede funcionar un capitalismo
competitivo.

En
relación a lo anterior Fuchs (1992) expresa:
“como consecuencia de no haber apostado a una economía competitiva
y de inversión con crecimiento, la
Argentina perdió posiciones en el escenario internacional,
donde la economía mundial también presentaba un lento crecimiento y aparejado a
ello una debilidad financiera internacional, el Estado benefactor entraba en
una crisis terminal”.
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